jueves, 5 de mayo de 2011

La dama del piano silencioso

En una época muy antigua y en unas tierras muy remotas, Luna era la doncella más bella del reino a la vez que su princesa. Vivía junto a sus padres, el Rey y la Reina, en el castillo que coronaba la colina más alta del lugar. Desde sus aposentos se divisaba más allá de lo que los ojos podían ver. Eran tiempos benignos, las cosechas abundaban, las lluvias bañaban las montañas y los ríos bajaban repletos del elixir de la vida.

Luna ya contaba edad suficiente para casarse, o eso le decía su madre, la Reina Tierra, cada vez que tenía ocasión. Pero nuestra preciosa adolescente todavía no albergaba sentimientos hacia nadie en especial. Era más divertido montar a caballo por las praderas, escaparse con los hijos de sus sirvientes a tirarse ladera abajo sobre un tronco o boicotear con bichos varios las majestuosas cenas cortesanas que en su castillo se celebraban de vez en cuando.

En una de sus travesuras, Luna se encaramó al árbol más alto del bosque en busca de un pequeño gamusino que sus amiguetes plebeyos juraban haber visto entre las sombras de las hojas repiqueteando unas contra otras, cuando un golpe de viento la hizo precipitarse al suelo. Su cabeza sonó contra aquella raíz como si fuera una nuez y su mirada se desvaneció bajo la atónita mirada de sus involuntarios verdugos no nobles.

El Rey Mar, al recibir la amarga noticia del percance se apresuró con su corcel Pegaso, el más veloz de todos sus congéneres, hacia el Bosque de las Desdichas, donde le habían dicho que yacía su hija. Al llegar comprobó la gravedad de la estampa, cogió a su única y adorada hija y cabalgó más rápido que un pensamiento de vuelta al castillo. Allí esperaban los mejores médicos, hechiceros y chamanes del reino, convocados de urgencia por su salada majestad.

Siete días y siete noches veló a Luna en su alcoba. No durmió, no comió. Al octavo día desfalleció debilitado por su testarudez. La Reina Tierra - hasta ahora recluida en la capilla real, rezándole al Dios Sol su calidez para despertar a su hija - secó sus lágrimas y le relevó, acompañando a la princesa durante su inconsciente devenir de las horas durante otras siete eternas jornadas más.

Ni la brujería, ni los conjuros, ni las medicinas hacía efecto alguno. Luna seguía en algún lugar desconocido, ajeno a este mundo. Ni su madre Tierra, ni su padre Mar habían podido ayudarla.

Y así pasaron los años. Y los reyes perecieron. Y el reino sucumbió a los malos tiempos. Y las cosechas ya no daban frutos. Y los ríos apenas traían agua. 

El castillo quedó abandonado. Luna seguía postrada en su cama blanca. Con su belleza ya adulta y un cabello largo oscuro y ondulado.

Ahora se llevaban los castillos encantados: los jóvenes de las aldeas, los pueblos y las ciudades se aventuraban a adentrarse en los bosques de las colinas en busca de tesoros escondidos y lugares secretos mientras vociferaban historias de terror repletas de dragones, magos oscuros y demás invenciones.

Sol era un muchacho valiente, contaban que el más osado del lugar, y siempre era el que se aventuraba más allá que los demás.

Una mañana de primavera, cuando apenas asomaba el primer rayo de luz por el horizonte, Sol retó a dos de sus amigos a subir a la colina más alta y volver al atardecer con algún trofeo. Ganaría el que portara el bien más preciado.

Dicho y hecho, los tres intrépidos aventureros montaron sus caballos y galoparon hasta perderse de vista entre los árboles, ladera arriba. Sol encaró el lado norte de la colina, el más sombrío, porque sabía que sus dos compañeros gallinas no lo seguirían y encontraría el tesoro él solo.

Cabalgó y cabalgó sin descanso, arañándose la cara con las ramas. Cuanto más dolía más ímpetu le ponía a su carrera.

De repente se abrió un claro inmenso. La luz lo cegó un instante. ¡Lo había encontrado! ¡Lo había encontrado! ¡Delante suyo se levantaba el majestuoso castillo perdido del Rey Mar y la Reina Tierra! ¡Pero si solamente era una leyenda de los ancianos!

Con el gesto de asombro en su cara todavía intacto, Sol bajó de su montura, ató las riendas de Unicornio en un árbol y se dispuso a pie hasta la entrada. El puente que cruzaba el foso seco tenía los tablones carcomidos y podridos por el paso de los años, pero creía que, si iba de puntillas siguiendo las juntas metálicas, podría llegar al otro lado. Y, tras algún que otro susto desequilibrante, lo consiguió. 

Una vez dentro de las murallas, el patio de armas se descubrió ante su mirada repleto de hierbajos, arbustos y demás árboles pequeños. Una pequeña decepción. Siempre había imaginado el castillo más cuidado, como embrujado. Siguió caminado entre la maleza hasta llegar a la torre principal, cuya aldaba de la puerta golpeteaba sin cesar debido a la corriente de aire que la entreabría.

Las escaleras eran altas, oscuras, pero al final divisaba una pequeña luz que le animaba a seguir subiendo.

Ya en el último escalón, sus ojos vieron una ventana reluciente, al fondo. Todavía de puntillas, como si fuera a molestar a alguien, Sol se deslizó sigilosamente hasta la habitación. ¡Hay una mujer! -exclamó en su cabeza cuando se encontró con Luna yaciendo.

Por un instante, pensó en salir corriendo, pero su curiosidad pudo más y se acercó. La luz de la ventana iluminaba la tez blanca de Luna y la hacía aún más bella de lo que contaban. Sol esperó un rato contemplándola. Eres hermosa,... - susurró.

Pasados estos momentos inexactos e imprecisos, la cogió con sus brazos con suma delicadeza. Su larga cabellera negra casi rozaba el suelo. No estaba tan fría como él esperaba.

Cuando salió del castillo en busca de Unicornio ya había caído la noche más profunda. Sus dos compañeros sin trofeo alguno, al ver que no volvía pasado un buen rato tras la puesta del astro rey, habían dado aviso al pueblo y los mayores habían salido en su busca.

¡¿Dónde estás Sol?! ¡Sol! - gritaban los rescatadores.

Al oír voces familiares a lo lejos, Unicornio reaccionó y condujo a sus dos jinetes hacia ellas. ¡Gracias, amigo! - consiguió expresar exhausto Sol reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban.

A la mañana siguiente, Sol despertó como un rayo. ¡Luna! ¡¿Dónde está Luna?!

Tranquilo hijo, está a buen recaudo en el convento, a cargo de las religiosas,... - le contestó su anciano tío.

Acto seguido se vistió con una rapidez pasmosa y casi de un brinco llegó al convento para visitarla.

Luna descansaba en la habitación principal, la más grande, la más luminosa. En ella había un viejo piano de cola que ya nadie tocaba. Se veía tan o más hermosa que el día anterior.

Sol siguió visitándola, sin mediar palabra, día tras día, semana tras semana, invierno tras invierno. Poco a poco, le había comenzado a contar sus historias, aunque ella nunca contestara. Y de tantas horas de visita, había comenzado a tocar aquél viejo piano, ayudado por alguna de las más antiguas religiosas.

Cada nota que Sol tocaba sonaba un poco mejor. Pasados los años, las melodías se deslizaban entre sus dedos como si naciesen directamente de ellos. Cada nueva canción parecía embellecer a Luna, que lucía radiante cada mañana.

Hasta que un día Sol no fue. Y ninguna nota sonó. Y cayó la noche más amarga.

Cuando el primer rayo de la luz nocturna del blanco satélite se posó sobre la mejilla de Luna, iluminó una pequeña lágrima deslizándose lánguidamente por su blanca tez y precipitándose hasta mojar su negro pelo azabache. Y Luna despertó. Despertó con la amargura más grande que ha conocido el ser humano porque Sol ya no venía.

Y sus lágrimas se convirtieron en mares. Y los mares se secaron. Y sus lamentos se transformaron en notas. Notas que ella tocó en aquél piano viejo en el que solamente Sol tocaba para ella. Y las melodías se ennegrecieron. Y las teclas y las cuerdas se rompieron. Pero Luna seguía tocando a su amado. Tocando para su regreso. Pero nunca volvió. Y las notas ya no sonaban por mucho que sus manos no pararan de tocar aquellas teclas mudas.

Sentía tanto dolor que no advirtió cómo su cuerpo se enfriaba, se enfriaba, se enfriaba,... hasta que en una bella y gélida estatua de mármol se convirtió.

A la mañana siguiente, las religiosas, aturdidas por la desgracia que se había cernido sobre sus paredes, decidieron abandonar el convento. El pueblo entero se fue marchando, poco a poco. Casi imperceptiblemente, hasta que aquél viejo piano silencioso y Luna se quedaron solos a merced de los tiempos.

Y así volvieron a pasar los lustros. Y las cosechas volvieron a abundar. Y los ríos volvieron a sonreír.

Corría una leyenda que contaba aquella historia, la de La Dama del piano silencioso. Pero eso eran cuentos de viejos, pensaba Moon convencido. Él ya tenía bastante con su sordera y las mofas de los demás como para creerse esas tonterías infantiles a su edad.

Cada mañana iba a trabajar al edificio de la Ópera. Era el de mantenimiento, pero le gustaba su trabajo. Nadie estaba nunca pendiente de él y no le molestaban. Así que cuando terminaba la función y todos se habían marchado, él podía recrearse sobre el escenario representando alguna memez o con el gran piano de cola que había en la zona de la orquesta. No siempre había sido sordo. Había sido el mejor alumno del conservatorio. Un virtuoso. Pero los maltratos de su funesto padre no podían acabar bien. Suerte que escapó y encontró este trabajo.

Una noche, entre bambalinas, Moon vió que el director estaba preparando todo entusiasmado una nueva función 'La Dama del piano silencioso', formando en su mesa un puñado de pequeñas montañas de papeles desordenados y partituras amontonadas con pasión. Y por la noche, cuando estuvo solo, lo ojeó. ¡Es una maravilla! - pensó.

En una de las partituras de piano, vió una nota al margen: "Visitar el convento oculto de las religiosas lunares en el pueblo abandonado detrás del bosque encantado". Y no pudo evitarlo. Cogió la chaqueta, el gorro zurcido de lana, se puso la bufanda despedazada y salió de la ópera en busca de aquél lugar. Necesitaba conocerlo. Quería verlo. Sentirlo. Aquellas melodías tan sublimes que sus ojos habían visto lo merecían.

La noche lo alumbró a duras penas en su periplo. Pero unas horas más tarde y justo cuando estaba a punto de desistir, allá detrás de aquellos árboles se veían unas pequeñas casitas. ¡El pueblo! ¡He encontrado el pueblo! - se alegró.

El aspecto desolado de las casas semiderruidas y las calles adoquinadas a las que el bosque ya casi les había ganado la batalla no lo hizo echarse atrás. El convento debía estar un poco más alejado, parecía que aquél camino infame se alejaba hacia el norte. Continuó caminando con la extraña sensación de dirigirse hacia algo precioso en medio de tanta podredumbre.
 
El convento se encontraba casi intacto. Oscuro y lleno de moho, pero con las murallas y las rejas amenazantes. Moon entró sin miedo. En su interior había algo que lo empujaba a continuar.

El claustro estaba perfecto, casi recién cuidado. ¿Habría alguien viviendo allí todavía?

Al otro lado del patio destacaba el pórtico de la habitación principal. Era el único de mármol. Qué raro,... - pensó.

Se dirigió hacia la extraña puerta sin titubear. Al tocarla, un pequeño escalofrío recorrió su cuerpo. La puerta estaba sin cerrar, bastaba un leve empujón y,... ¡aiba! ¡La Dama del piano silencioso! ¡Está aquí! - se sorprendió, maravillado ante semejante descubrimiento.

Luna se encontraba petrificada a las teclas insonoras del viejo piano, ahora también de mármol. Se veía preciosa con el reflejo nocturno. Siempre lo había sido.

Moon acarició su duro y frío pelo, con un gesto de cariño inusual en él. Eran dos solitarios que habían sufrido mucho y ahora se habían encontrado.

En ese momento recordó las partituras, se sentó en un huequecito del taburete de Luna y se dispuso a tocar las gélidas teclas de mármol dibujando las notas en su cabeza.

Y así pasó un buen rato. En silencio. Tocando el piano junto a su Dama hasta que el tiempo enmudeció y el reloj de la torre principal del convento paró su incesante tic, tac por primera vez en cientos de años.

Y sus dedos continuaron acariciando la piedra inmóvil e insonora de aquél viejo piano. Las canciones sonaban espléndidas en su mente. Moon no necesitaba oírlas porque las sentía. Todas y cada una de aquellas notas que a ella le dedicaba en silencio.

La pieza más delicada del repertorio era una delicia para los sentidos,... mientras la disfrutaba allí sentado, un fa mayor hizo que su dedo rozara uno de los dedos de Luna apenas si darse cuenta.

Y aquél dedo petrificado cobró vida, y luego la mano, y luego el brazo, y luego,...

Moon no cesaba en su empeño musical. Sin percibir lo asombroso de lo que ocurría justo a escasos centímetros de él. Tenía los ojos cerrados. Simplemente se dejaba llevar.

Hasta que Luna despertó de su amarga y solitaria confinación pétrea y miró a su lado. Una dulce ternura despertó en ella sentimientos que ya tenía olvidados. Era perfecto. Y tocaba para ella. Sus ojos se iluminaron con un brillo cálido.

Moon advirtió un inusual calor, abrió los ojos y la vió. Allí sentada a su lado, la criatura más hermosa que sus ojos jamás habían contemplado.

Y se besaron.

Y volvieron a pasar los siglos. Y ahora apenas quedan cosechas sin venenos. Y los ríos están contaminados.

Pero dicen que oyes música cuando besas a tu amad@,...

5 comentarios:

  1. Ufff.... sin palabras...

    gracias por dejar en el mundo fisico esta historia...

    :)

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  2. bello cuento.... ya sabes, si te aburres de tu currelo ponte a escribir cuentos de fantasía...

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  3. Uis, muchas gracias,... creía que nadie se lo había leído de lo largo que me salió ;) Es que cuando mi cabeza no puede parar,... me salen cosas como ésta, que, por cierto, no repasé después y ahora veo que tiene algún que otro error ortográfico y gramatical, así que mis disculpas. Pero se queda como está, que es como me salió a la primera y del tirón. Desde dentro. Sin pensar.

    Celebro que os haya gustado, pero creo que mantendré mi trabajo ^_^

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  4. cual es el autor de este cuento los personajes principales segundarios y la idea segundaria

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  5. cual es el autor de este cuento los personajes principales segundarios y la idea segundaria

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