miércoles, 30 de noviembre de 2011

Por caridad, tu puta madre

Cada mañana, poco después de llegar a la oficina necesito bajar a tomarme un café rápido para que se me despeguen las pestañas y se comiencen a levantar mis párpados. Sé que es una chorrada sin base científica ninguna, una necesidad auto-impuesta y absurda, pero si no lo hago, ya estoy cruzada de buena mañana.

Normalmente, a este primer café - sí, sí, hago varios a lo largo del día - voy sola. Me va bien para organizarme mentalmente el día. Hoy me toca esto, aquello y lo de más allá. 

Cuando salgo por la puerta del edificio, tengo 2 alternativas: derecha o izquierda (¿habéis visto para qué sirven mis estudios?) y, hasta hace un par de semanas iba cambiando. Un día a diestra otro día a siniestra. Hasta que una buena mañana, dominada por mi mano zurda y absorta caminando mientras repasaba los correos y reuniones en la maldita BlackBerry, oigo: 'Buenos días, señorita'.

Levanto la cabeza y miro a mi alrededor. No conozco a nadie, así que no creo que hablaran conmigo. Pero insiste una tenue voz: 'Buenos días, señorita'.

Ahora la sitúo más baja que yo, a mi lado. Miro. Hay un señor, sentado en el suelo sujetando un pequeño cartón con algo escrito que paso de leer en una mano y una lata vacía en la otra. No contesto. Esquivo la mirada. Cabeza al frente. Sigo caminando mientras me siento incómoda. 

No sé muy bien por qué reacciono así. 

No sé muy bien por qué reaccionamos así. 

Cuando llego a la terraza y me siento para que me pongan el cortadito, ya lo he olvidado todo. En realidad, me importa una mierda. Tengo muchos líos en el trabajo como para despistarme con tonterías. 

Bebo el mágico y oscuro brevaje espavilador en pequeños sorbos acompañado de una exquisita delicatessen nicotínica y cancerígena. Hay que cuidarse.

Pago y me dispongo a volver por donde he venido cuando mi cabeza da orden a mis pies de cruzar para cambiar de acera y no tener que pasar por delante de aquél hombre que, tan amablemente, me había dado los buenos días en mi trayecto anterior. 

Qué bien, si lo no veo es como si no existiera.

Qué bien, si lo no vemos es como si no existiera.

Cuando llego a mi mesa y desbloqueo el ordenador ya se me ha olvidado todo. Joder, parezco Dori de Buscando a Nemo. Tengo que ejercitar mi memoria. Debe ser la edad. O no. Memoria selectiva, diría yo, solamente retiene lo que le conviene. Tonta no soy.

Y así han pasado varios días. Todas las mañanas. Yo paseando mi flamante estatus de mujer joven trabajadora e independiente por las narices de un educado señor que pide limosna. Pero que estampa más bonita. Digna de una postal navideña, ahora que tanto se lleva el rollo reivindicativo.

Hasta que hoy se me han cruzado los cables y, al volver del café, no he evitado el encuentro. 'Que pase un buen día señorita' me ha dicho hoy el amable caballero callejero. Y yo me he parado, lo he mirado directamente a los ojos, le he dicho 'Muchas gracias. Espero que usted también y como que empieza a hacer fresquito por aquí, me he tomado la libertad de traerle un café si le apetece.' Y le he dado el café con leche para llevar que he pedido antes mientras me tomaba mi cortado de clase social superior.

Entonces me he fijado en él: pelo moreno corto, clareando por la coronilla, ojos oscuros con las arrugas típicas de cincuentón, no muy alto, delgado pero con mucha ropa y con los dientes limpios.

El tipo me ha dedicado una bonita sonrisa y, aunque, yo me había agachado para acercarle la taza, se ha incorporado, limpiándose las manos contra el pantalón de pana marrón y ha cogido la taza que yo le ofrecía como si fueran unas castañas calentitas recién salidas del horno. 

No me ha molestado en absoluto que nos rozáramos falanges, falanginas o falangetas por un micro-segundo haciendo el intercambio. No me ha molestado su 'Muy agradecido, señorita' rehuyendo mirarme a la cara. No me ha molestado que la gente pasara mirando con caras de asco, o asombro, o pena, o soberbia. No me ha molestado la vieja chocha que no tenía otra cosa mejor que hacer que ponerse a farfullear improperios con la voz bajita no fuera caso que la oyéramos y la contestáramos con un 'muérase pronto,  señora, por favor'. 

Me ha molestado sentirme mejor por haber hecho semejante inútil gesto de caridad. En el fondo, sé que no le he ayudado en nada. Un puto café de mierda. Ya ves. Como si eso le arreglara la vida. Gilipollas - me lo digo a mí - eso me hace sentir bien solo a mí. 

Mira qué maja eres, ¿no Charlotte? Y mañana quizás cambies de acera o quizás no,... quizás le pidas un café con leche, seguramente no. ¿Entonces? ¿Por qué coño lo has hecho? ¿Ha servido para qué? Para sentirte tú mejor, ¿verdad? 

Pequeña idiota acomodada en la moderna burguesía del 3G. ¿Apostamos a que mañana vas a la derecha?

Qué más da. Total, en un rato lo olvidaré todo. Y colaboro con una ONG cada mes, que os lo diga mi banco. Soy tope solidaria, qué pasa. Y mejor persona. Se nota, se nota.

Es una pena.

¿Por qué soy así?

¿Por qué somos así?





viernes, 25 de noviembre de 2011

Hoy toca de amazona

Es lo que tienen los viernes, supongo. Me da el momento 'casual wear' y hago estas cosas:


En el fondo, cuando salga de la oficina, voy a montar unos cuantos caballos de mi morena bicilíndrica. 

Así que, en realidad, tampoco voy tan desencaminada.



jueves, 24 de noviembre de 2011

Gracias por el café

08:51 hora zulú

Llego a los headquarters. Me saco el equipo de la moto, conecto el portátil a la dock, blablabla.

Mi estómago y mi cabeza todavía adormilada me piden un café. Les hago caso, cojo el bolso, la pashmina (toma palabrota que me sé) y bajo a la calle.

Camino mientras me enciendo un cigarro hacia el bar de todas las mañanas. Lo lleva Chu, con la ayuda de su mujer. Son una pareja china. Muy majetes. Me hablan en catalán (bueno, lo intentan, cosa que les honra) y me hacen 'precio amigo' en todo. Incluso me ponen galletitas acompañando al cortado.

Me siento en la terraza. No hace frío, se está bien fuera.

Cojo el periódico mientras espero mi café sin pedirlo. Chu sabe lo que me gusta tomar según la hora del día y ya no tengo ni que pedírselo. Mola.

Mi oriental amigo me trae el cortado con la leche fría, el azúcar y la galletita. Genial.

Absorta en la lectura de las noticias no me entero de que un hombre está justo delante de mi mesa y me está hablando.

- Perdona, perdona,... - insiste incrementando el tono de voz.
- Sí, sí, puedes cogerla - contesto creyendo que se quería llevar una de las sillas.
- No es eso, te quería preguntar si te importa que me siente aquí con mi periódico y el café - me aclara, clarísimamente.
- Ah, bueno, no, no, siéntate,... - miento descaradamente por esta boquita que DioR me ha dado.

¡Y se sienta! (claro, tonta, haber elegido muerte, pienso)

No. No hemos hablado en ningún momento. Sí que me ha observado - el rabillo del ojo femenino lo ve todo - pero no me ha molestado; cosa que es de agradecer.

Bueno, me ha ofrecido fuego para mi segundo cigarro. Y ya. 

Correcto, correcto.

Al cabo de unos minutos, se ha levantado, ha entrado dentro a pagar y, al salir, se ha acercado a mi mesa y me ha dicho mientras se iba despacio: disculpa preciosa, me he permitido el lujo de pagarte el café, por las molestias de ocupar tu mesa.

Y me ha dejado con la boca abierta, sin contestar. Así que: apreciado y educado desconocido, gracias por el café,... y lo de 'preciosa', claro

Estas cosas le alegran a una la mañana, oye. 




miércoles, 23 de noviembre de 2011

¿Cómo te va?

Felicidades, hoy harías 55 - no hago la rima, no, no, no - y seguramente ya empezarías a parecerme un cascarrabias,... ¡juas!

Me pregunto cómo sería ahora la vida si te hubieras quedado en ella. Pagaría por abrazarte. Mataría por hablar contigo como hacíamos antes. Por reírnos con nuestro humor, el de los Sometimes.

Han pasado ya 9 años. Vaya tela. Te contaría tantas cosas... Te preguntaría tantas cosas... Te sigo echando de menos. Mucho.

Mira, pocas veces escucho a Serrat, porque me recuerda a ti, porque me lo enseñaste tú con aquello de '¿pero te has parado a escuchar las letras, Charlotte?' y me enganché, porque si lo escucho suficiente rato siempre acabo llorando y ya sabes que no soporto mis lágrimas,... 

Así que hoy va de monodosis, como la Nespresso - bueno, ya te lo contaré otro día esto del invento del café moderno 'súper cool', que a tí seguro que te encantaría :


Al menos, hoy hace sol aquí. Aunque te lo estés perdiendo, yo lo vivo por ti. Es un día bonito en Barcelona. 


Venga, hasta luego... Porque, total, si lo relativizo, nos veremos en un 'rato' al fin y al cabo.


martes, 22 de noviembre de 2011

Dos vidas




Buenas noches... - dijo él mientras se sentaba en la cama.


Buenas noches... - dijo ella mientras se quitaba la ropa.
Y él se despidió de su hermano.
Y ella le colgó el teléfono a su madre.

Ni se conocían.

Pero acababan de vivir lo mismo.

Es curioso verlo de esta forma.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

El colmo de hoy

Se acerca del Director General a mi mesa para comentarme unos temas - serios, importantes, críticos y todo lo que se os ocurra - que tenía que tratar con mi jefe (que está de baja médica desde el lunes y se prevee que vaya para largo), me quito los cascos y, al girar la silla para ponerme de frente, voy y los arranco del portátil... ¡zas!

Pues bien, resulta que estaba sonando esta canción:


¡Buah! Y a toda pastilla. Necesitaba caña para concentrarme, qué pasa.

Así que, obviando el susto que se han pegado los presentes en la sala - sobresaltos corporales incluidos - con el ruido que ha salido inevitablemente de mi ordenador, ya os podéis imaginar la cara de mi interlocutor, y por ende, la mía.

Creo que no he empezado muy bien la sustitución temporal de mi jefe.




martes, 15 de noviembre de 2011

El último dragón

En un tiempo incierto, en un lugar fuera de todo mapa, entre tenebrosas montañas de oscura roca volcánica y extensas llanuras de árida tierra gris, vivió el Gran Dragón Negro. Temido nombre por el que conocían todos los habitantes de la región al último dragón sobre la faz de la tierra.

Él era el único de su especie. Y lo sabía. Los cazadores de dragones habían conseguido su objetivo a lo largo de cientos de años de encarnizadas luchas entre ambos. Esos pequeños seres humanos - insignificante escoria de lengua biperina y espada afilada con astutos y retorcidos pensamientos - los habían vencido. Poco a poco. Cansinamente. Uno a uno.

Si los dragones no los hubieran subestimado quizás aún reinarian, magníficos, surcando los cielos y escupiendo vastas llamaradas surgidas del mismo infierno, dominándolo todo a su paso, hasta los confines del bien y el mal.

Pero no fue así. Los dragones confiaron en su fuerza bruta, en su poder sobrenatural y, por ello, fueron castigados y perecieron todos. Todos menos uno: Draco, el último gran dragón.

Draco pasaba los días escondido en alguna de las cuevas y grutas que los ríos de lava de antaño habían esculpido en los salvajes volcanes que invadían aquellas tierras. De noche, en la más absoluta soledad, salía de su incómodo, pequeño, húmedo y gélido escondrijo para escaparse a la falsa libertad que le brindaba el impasible cobijo de su amiga, la oscuridad.

En uno de sus largos paseos nocturnos, descansaba sobre la cima de la montaña más alta que se podía divisar, ajeno a la curiosidad que pudiera haber despertado su silueta en plenilunio, cuando, interrumpiendo el armónico silencio que le daba la paz, oyó una débil voz que sonaba en la lejanía...

Cauto y sigiloso se dirigió al encuentro del ser que osaba turbar su tranquilidad y, agitando sus alas con energía, alzó el vuelo en busca de su nueva presa.

En el Valle de los Perdidos al pie de la ladera de la Colina de los Desamparados se abría paso entre los espesos árboles el río que jugaba a las carreras con el viento hasta el Salto del Devenir, muriendo con una graciosa y sonora harmonía sobre el Lago del Perdón, a un millón de gotas por segundo.

De allí provenía aquella voz. Aquella delicada melodía que sonaba a canción de cuna. Aquél molesto ser que osaba interrumpir al último dragón con los sonidos de su garganta.

Draco se posó, con una delicadeza inaudita para su envergadura, en las rocas que coronaban la cascada que daba vida al lago y observó en silencio.

Tras unos instantes fijando su extraodrinaria vista en las peleas entre los reflejos de la luna sobre las tranquilas aguas juguetonas, distinguió una silueta de mujer, casi desnuda, asomando tras las hojas que se mecían lentamente al son de las suaves corrientes del líquido vital. Casi parecía que bailaran aquella canción.


Nunca antes había reparado en la belleza de una estampa similar. Nunca antes había prestado especial atención al perfil de unas curvas femeninas. Solo eran comida. Pero ya no tenía hambre. Su memoria apenas recordaba el sabor de la carne humana. Hacía mucho que se alimentaba de repugnantes alimañas que se adentraban, incautas, en sus secretas moradas diurnas osando perturbar su descanso. Su, antes voraz, apetito, ahora, se conformaba con muy poco.

Siguió atento a la figura de la mujer perdida entre las sombrías aguas del perdón, salpicadas por la leve iluminación de la luna llena. Su silueta, su voz, sus movimientos,... Le paralizaban. Solamente podía contemplarla desde la clandestinidad, hasta que se quedaba dormido y el amanecer le hacía buscar un nuevo refugio.

Y así pasaron las noches. Noche tras noche. Y así los días transcurrían más rápido. Día tras día. Cuando caía el sol, Draco despertaba ansioso por ver a su amada, por escuchar la luz de su voz entre las tinieblas de la más patética soledad. En silencio desde aquellas rocas, cada noche la escuchaba, disfrutando de cada una de las notas guiando el latir de su corazón. Cada noche las melodías parecían más profundas.

Pero una noche, algo cambió. De repente, ella se calló, se giró y comenzó a caminar hacia él, muy lentamente, casi etérea.
- Tú eres el último Gran Dragón, - dijo con una mirada penetrante. Yo soy Vega, la última Ave Fénix. Hace tiempo que te conozco. Todas las noches canto para tí. Sé que estás ahí, oculto en la penumbra.
- Yo soy Draco, no sabía que me veías, no quiero molestar, ahora mismo me marcho y no volverás a verme - interpuso avergonzado el Gran Dragón.

- ¡No! Por favor, quédate conmigo. Mi vida es solitaria, como la tuya. Tampoco queda nadie de los míos. Perecieron por culpa de los magos que los persiguieron y esclavizaron para utilizar sus poderes. Por eso me escondo aquí, en el Lago del Perdón. Porque una vez fui cobarde y mi pena me mantiene viva al caer la oscuridad. Una y otra vez, con el primer rayo de sol, arde el cuerpo que ves y me convierto en puro fuego a semejanza del astro rey y fluyo como la lava de los volcanes que nos rodean. Luego mis cenizas caen dispersas al suelo yermo de estas tierras sin dueño, a las tenebrosas aguas del lago y por la noche renazco en la más absoluta tristeza.

- Vega...

- Sé que me entiendes, en cierta manera nos parecemos. Por eso nos necesitamos. Por eso quiero hacerte tres regalos. Pídeme lo que quieras Draco. Cumpliré tus deseos.

Y un abismal silencio reinó entre ambos durante unos eternos instantes que parecían no acabar, hasta que el último dragón interpuso sus deseos:

- Quisiera tener espacio para no esconderme tras las sombras nunca más.

Y le dió la Vía Láctea.

- Quisiera estar muy lejos de aquí y olvidar mi pasado.

Y le susurró un conjuro para abrir la Puerta de Tanhausser.

- Quisiera...
- Quisiera...

- Dime Draco, lo que desees.

- Quisiera tu corazón.

Y le entregó un frío y perfecto diamante.

Enfurecido por semejante afrenta, el Gran Dragón desató toda su fúria. Sin límites. Sin reflexión. Le había cegado el despecho de ser despreciado por un mísero ser medio humano que solamente canturreaba absurdas melodías todas las noches.

Desplegó todo su ardiente poder sobre el Lago del Perdón y sus aguas se evaporaron bajo la abrasadora llamarada de la decepción, mientras Vega lloraba temblorosa apoyada en las frías rocas a sus pies, inmune al aliento incandescente del mágico reptil.

- ¡No has entendido nada! ¡No debías secar el lago! Ahora nunca descansaremos en paz... - gritaba entre ahogados y amargos sollozos.

Mientras tanto, el primer tímido rayo de luz del amanecer se coló entre las espesas nubes de ceniza provocadas por las agitadas llamaradas y Vega comenzó a arder con una intensidad tal que el mismo diamante que tenía Draco entre sus garras se fundió... dejando al descubierto un rojo y hermoso corazón palpitante.

- Era para tí... - susurraron las llamas de Vega consumiéndose a la velocidad del rayo.

Y luego, la nada. Una pequeña nube de cenizas que se precipitaban al suelo - ahora amargamente seco - del lago. No quedaba nada. Vega nunca renacería de las aguas del perdón. Ahora lo entendía todo. Draco, viendo su error, roto de dolor y furioso consigo mismo por lo abyecto de su acción, rugió como nunca antes había rugido un dragón. El sonido de su garganta se oyó en los confines de la tierra. Temblaron las montañas. Los ríos se callaron. Los nimales se escondieron. El sol paró su conquista de los cielos matutinos. Las nubes ennegrecieron. El mismo tiempo se detuvo.


Draco nunca había sentido tanta fuerza en su cuerpo. Tanto odio por sí mismo. Batió sus alas con una rabia descontrolada y comenzó a ascender; surcando el firmamento con sus potentes alas batiendo el aire y con su cola dibujando una estela de dolor. Cada vez más alto, cada vez más rápido; hasta que desapareció entre los inmóviles testigos de su locura.

Esa misma mañana, un eclipse de sol sumió a los aldeanos en un súbito anochecer que les estremeció. Muchos, asustados, se quedaron en sus casas cerrando puertas y ventanas a cal y canto. Otros, los más valientes y osados salieron mirando al cielo: viendo la prueba del eterno castigo de Draco y Vega.


Y así han pasado los años, los siglos, las épocas. Unidos, pero separados. Y así seguirán.

Hasta el fin de los tiempos. Por siempre jamás.

Soy princesa (y no hablo de las bragas)

No me puedo creer que, a estas alturas, alguien dude de mi condición privilegiada de alta alcurnia en estos tiempos que corren.

Yo, una dama casadera de sangre azul - cuando me he pasado con el Vodka negro - moviéndome por mis dominios barceloneses en un precioso y elegante corcel bicilíndrico negro.

Yo, una joven de hoy en día, que disfruta de su gran palacio barroco - por la de 'pongos' que acumulo - de 40m2 (redondeando) con inmensos jardines de asfalto a mis pies.

Yo, una mujercita hecha y derecha, a la que no se le caen los anillos cuando ninguno de los supuestos príncipes azules se han vuelto sapos otra vez y tiene que arreglárselas sola, para variar.

Yo, una ave nocturna que disfruta de los placeres que le ofrece la vida hasta quedarse exhausta - cuando me dejan, claro - mientras la luna atestigua los sórdidos secretos que nunca deben ser revelados (por si aca).

Yo, una eterna niña que no ha tenido más remedio que hacerse mayor - aunque yo no quería, lo juro, lo juro, lo juro - y aguantar las bromas pesadas de la vida paseándose tan cerca que casi llegaba a darles una patada en el culo.

Yo, una abnegada amiga de sus amigos - aunque se me olviden los cumpleaños y otras fiestas de guardar - con los que mantiene contacto a través de sorprendentes inventos (cuál telas de araña tejidas con oscuros y perversos fines), porque es demasiado vaga para usar el teléfono para lo que sirve, o sea, llamar.

Yo, una princesa moderna, vamos.

Esto... ¿cuela?

lunes, 14 de noviembre de 2011

Charlotte Arguiñano

Ya me vale. No se me ocurre otra cosa para relajarme que ponerme a cocinar. Será que no tenía mejores ideas...

Acabo de liar un pollo tal en mi cocina - la del ala oeste - de la mansión de Pin & Pon en la que habito a ratos, que como no me salga bien la receta de mi abuela, se va a ir la olla, las patatas y la vitro todo junto al ala este de un soplido.

Y encima me he vuelto a pasar con las medidas. Parece mentira que viva sola hace años.

Un desastre.

Me veo pidiendo pizza.

viernes, 11 de noviembre de 2011

11-11-11 11:11:11

El fin del mundo. Dicen...

Pues que me pille confesada porque he pecado, y mucho. Todo, diría yo.

Y si no se va el planeta a la mierda, espero seguir pecando todo lo que pueda y todo lo que me dejen.

Gula:


Avaricia:


Pereza:


Ira:


Envidia:


Soberbia:
Lujuria:


Lo quiero todo. Y punto. Me gusta.

Por lo demás, encantada de haberles conocido, damas y caballeros.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

Hablemos de política

De casualidad, he leído esto...

"La eyaculación recurrente mejora la calidad del esperma"

...y me ha parecido más interesante que el debate soporífero de la otra noche.

Eso no era un debate.

Y tampoco me parece noticia que Durán i Lleida aporree una batería. En fin.

Quizás algún día me despache a gusto con temas políticos, pero no va a ser en breve.

http://orebert.com/
Menudo hastío.

Señores, para hablar de ustedes, es mejor hablar de pajas.

martes, 8 de noviembre de 2011

¿Bailas conmigo?

Te pregunté mientras empezaba a sonar esta canción:

 

A veces... - me contestaste con esa media sonrisa en tu rostro.


Y te leí,... así que empecé sola.

Mother said that I'm a good girl
I was always dressed to kill
...

lunes, 7 de noviembre de 2011

Ausencia forzada

Solamente quería deciros que debéis agraderle mi ausencia estos días al Sr. Gates y a su hijo idiota, el Windows XP...


Bravo, bravo y bravo.

Mamones.

jueves, 3 de noviembre de 2011

La chaqu-ETA metálica made in Spain II

Aunque dicen que segundas partes nunca fueron buenas (aquí la ópera prima), reconozco que me ha encantado lo de la juez del caso contra Txapote: sí señora, encima se ríen los cabrones...

Creía que los jueces eran mercenarios, pero quizás entre ellos haya alguna persona después de todo. Está bien saberlo. Créame Sra. Murillo.


Lástima que se retire usted del juicio, de verdad. Me ha dado un rayito de esperanza en que, por fin, machaquemos a esos grandísimos hijos de puta. Una verdadera pena que no lo vaya a sentenciar usted.

Uis, ¿lo he dicho en voz alta? Suerte que aquí no hay micrófonos.

Sinfonía nocturna

Shhhhh... - silencio.

Clap, clap, clap, clap, clap - pasos que se van acercando.

Ñeeeeee - el chirrido de la puerta entreabriéndose en lucha con el suelo de madera.

Shhhhh... - silencio.

Clinc, clinc, clinc - se han caído unas monedas.

Clanc - el golpe seco de la hebilla del cinturón al precipitarse sobre la mesita.

Shhhhh... - silencio.

Ñec, ñec - los muelles de la cama bajo la presión de un nuevo cuerpo.

Tsssssss - la piel deslizándose suavemente entre las sábanas de raso negro.

Shhhhh... - silencio.

Cucún, cucún - el latir de un corazón dormido.

Fffffff - un delicado y cálico aliento en la nuca.

Shhhhh... - silencio.

Mmmmm... - un susurro al oído jugando con un mechón de pelo travieso.

CucúnCucúnCucúnCucúnCucún - el latir de un corazón agitado.

Shhhhh... - silencio.

Uhhhmmm... - expresan unos labios cerrados.

Ohhh... - responden otros entreabiertos.


Y, a partir de aquí, habría que pasar a los sabores.







Quizás también te puede interesar:

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...