martes, 15 de noviembre de 2011

El último dragón

En un tiempo incierto, en un lugar fuera de todo mapa, entre tenebrosas montañas de oscura roca volcánica y extensas llanuras de árida tierra gris, vivió el Gran Dragón Negro. Temido nombre por el que conocían todos los habitantes de la región al último dragón sobre la faz de la tierra.

Él era el único de su especie. Y lo sabía. Los cazadores de dragones habían conseguido su objetivo a lo largo de cientos de años de encarnizadas luchas entre ambos. Esos pequeños seres humanos - insignificante escoria de lengua biperina y espada afilada con astutos y retorcidos pensamientos - los habían vencido. Poco a poco. Cansinamente. Uno a uno.

Si los dragones no los hubieran subestimado quizás aún reinarian, magníficos, surcando los cielos y escupiendo vastas llamaradas surgidas del mismo infierno, dominándolo todo a su paso, hasta los confines del bien y el mal.

Pero no fue así. Los dragones confiaron en su fuerza bruta, en su poder sobrenatural y, por ello, fueron castigados y perecieron todos. Todos menos uno: Draco, el último gran dragón.

Draco pasaba los días escondido en alguna de las cuevas y grutas que los ríos de lava de antaño habían esculpido en los salvajes volcanes que invadían aquellas tierras. De noche, en la más absoluta soledad, salía de su incómodo, pequeño, húmedo y gélido escondrijo para escaparse a la falsa libertad que le brindaba el impasible cobijo de su amiga, la oscuridad.

En uno de sus largos paseos nocturnos, descansaba sobre la cima de la montaña más alta que se podía divisar, ajeno a la curiosidad que pudiera haber despertado su silueta en plenilunio, cuando, interrumpiendo el armónico silencio que le daba la paz, oyó una débil voz que sonaba en la lejanía...

Cauto y sigiloso se dirigió al encuentro del ser que osaba turbar su tranquilidad y, agitando sus alas con energía, alzó el vuelo en busca de su nueva presa.

En el Valle de los Perdidos al pie de la ladera de la Colina de los Desamparados se abría paso entre los espesos árboles el río que jugaba a las carreras con el viento hasta el Salto del Devenir, muriendo con una graciosa y sonora harmonía sobre el Lago del Perdón, a un millón de gotas por segundo.

De allí provenía aquella voz. Aquella delicada melodía que sonaba a canción de cuna. Aquél molesto ser que osaba interrumpir al último dragón con los sonidos de su garganta.

Draco se posó, con una delicadeza inaudita para su envergadura, en las rocas que coronaban la cascada que daba vida al lago y observó en silencio.

Tras unos instantes fijando su extraodrinaria vista en las peleas entre los reflejos de la luna sobre las tranquilas aguas juguetonas, distinguió una silueta de mujer, casi desnuda, asomando tras las hojas que se mecían lentamente al son de las suaves corrientes del líquido vital. Casi parecía que bailaran aquella canción.


Nunca antes había reparado en la belleza de una estampa similar. Nunca antes había prestado especial atención al perfil de unas curvas femeninas. Solo eran comida. Pero ya no tenía hambre. Su memoria apenas recordaba el sabor de la carne humana. Hacía mucho que se alimentaba de repugnantes alimañas que se adentraban, incautas, en sus secretas moradas diurnas osando perturbar su descanso. Su, antes voraz, apetito, ahora, se conformaba con muy poco.

Siguió atento a la figura de la mujer perdida entre las sombrías aguas del perdón, salpicadas por la leve iluminación de la luna llena. Su silueta, su voz, sus movimientos,... Le paralizaban. Solamente podía contemplarla desde la clandestinidad, hasta que se quedaba dormido y el amanecer le hacía buscar un nuevo refugio.

Y así pasaron las noches. Noche tras noche. Y así los días transcurrían más rápido. Día tras día. Cuando caía el sol, Draco despertaba ansioso por ver a su amada, por escuchar la luz de su voz entre las tinieblas de la más patética soledad. En silencio desde aquellas rocas, cada noche la escuchaba, disfrutando de cada una de las notas guiando el latir de su corazón. Cada noche las melodías parecían más profundas.

Pero una noche, algo cambió. De repente, ella se calló, se giró y comenzó a caminar hacia él, muy lentamente, casi etérea.
- Tú eres el último Gran Dragón, - dijo con una mirada penetrante. Yo soy Vega, la última Ave Fénix. Hace tiempo que te conozco. Todas las noches canto para tí. Sé que estás ahí, oculto en la penumbra.
- Yo soy Draco, no sabía que me veías, no quiero molestar, ahora mismo me marcho y no volverás a verme - interpuso avergonzado el Gran Dragón.

- ¡No! Por favor, quédate conmigo. Mi vida es solitaria, como la tuya. Tampoco queda nadie de los míos. Perecieron por culpa de los magos que los persiguieron y esclavizaron para utilizar sus poderes. Por eso me escondo aquí, en el Lago del Perdón. Porque una vez fui cobarde y mi pena me mantiene viva al caer la oscuridad. Una y otra vez, con el primer rayo de sol, arde el cuerpo que ves y me convierto en puro fuego a semejanza del astro rey y fluyo como la lava de los volcanes que nos rodean. Luego mis cenizas caen dispersas al suelo yermo de estas tierras sin dueño, a las tenebrosas aguas del lago y por la noche renazco en la más absoluta tristeza.

- Vega...

- Sé que me entiendes, en cierta manera nos parecemos. Por eso nos necesitamos. Por eso quiero hacerte tres regalos. Pídeme lo que quieras Draco. Cumpliré tus deseos.

Y un abismal silencio reinó entre ambos durante unos eternos instantes que parecían no acabar, hasta que el último dragón interpuso sus deseos:

- Quisiera tener espacio para no esconderme tras las sombras nunca más.

Y le dió la Vía Láctea.

- Quisiera estar muy lejos de aquí y olvidar mi pasado.

Y le susurró un conjuro para abrir la Puerta de Tanhausser.

- Quisiera...
- Quisiera...

- Dime Draco, lo que desees.

- Quisiera tu corazón.

Y le entregó un frío y perfecto diamante.

Enfurecido por semejante afrenta, el Gran Dragón desató toda su fúria. Sin límites. Sin reflexión. Le había cegado el despecho de ser despreciado por un mísero ser medio humano que solamente canturreaba absurdas melodías todas las noches.

Desplegó todo su ardiente poder sobre el Lago del Perdón y sus aguas se evaporaron bajo la abrasadora llamarada de la decepción, mientras Vega lloraba temblorosa apoyada en las frías rocas a sus pies, inmune al aliento incandescente del mágico reptil.

- ¡No has entendido nada! ¡No debías secar el lago! Ahora nunca descansaremos en paz... - gritaba entre ahogados y amargos sollozos.

Mientras tanto, el primer tímido rayo de luz del amanecer se coló entre las espesas nubes de ceniza provocadas por las agitadas llamaradas y Vega comenzó a arder con una intensidad tal que el mismo diamante que tenía Draco entre sus garras se fundió... dejando al descubierto un rojo y hermoso corazón palpitante.

- Era para tí... - susurraron las llamas de Vega consumiéndose a la velocidad del rayo.

Y luego, la nada. Una pequeña nube de cenizas que se precipitaban al suelo - ahora amargamente seco - del lago. No quedaba nada. Vega nunca renacería de las aguas del perdón. Ahora lo entendía todo. Draco, viendo su error, roto de dolor y furioso consigo mismo por lo abyecto de su acción, rugió como nunca antes había rugido un dragón. El sonido de su garganta se oyó en los confines de la tierra. Temblaron las montañas. Los ríos se callaron. Los nimales se escondieron. El sol paró su conquista de los cielos matutinos. Las nubes ennegrecieron. El mismo tiempo se detuvo.


Draco nunca había sentido tanta fuerza en su cuerpo. Tanto odio por sí mismo. Batió sus alas con una rabia descontrolada y comenzó a ascender; surcando el firmamento con sus potentes alas batiendo el aire y con su cola dibujando una estela de dolor. Cada vez más alto, cada vez más rápido; hasta que desapareció entre los inmóviles testigos de su locura.

Esa misma mañana, un eclipse de sol sumió a los aldeanos en un súbito anochecer que les estremeció. Muchos, asustados, se quedaron en sus casas cerrando puertas y ventanas a cal y canto. Otros, los más valientes y osados salieron mirando al cielo: viendo la prueba del eterno castigo de Draco y Vega.


Y así han pasado los años, los siglos, las épocas. Unidos, pero separados. Y así seguirán.

Hasta el fin de los tiempos. Por siempre jamás.

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