jueves, 7 de agosto de 2014

La ludópata

Lleva ahí toda la puta mañana.

Cuando he ido a tomar el café de las 9 ella ya estaba en su puesto, al pie de la tragaperras.

Cuando he ido a tomar el café de las 11, seguía defendiendo su bastión recreativo.

Cuando he ido a comer a las 15, ya hablaba con ella, a cada pulsación de botón, le susurraba algo como si la máquina pudiera escucharla. De vez en cuando se giraba y sonreía a su público. Yo incluida. 

Nunca he entendido el funcionamiento de un cerebro jubilado para saber utilizar una máquina tragaperras, con bonus, rebonus, comodines y demás, y, al mismo tiempo, ser incapaz de usar un teléfono móvil o un mando a distancia. Son misterios que me fascinan.

Justo al pedirme el café con hielo de después de comer, he contemplado estupefacta cómo mi ludópata preferida abandonaba su fortuna - a regañadientes- y se dirigía hacia la puerta.

Pasando enfrente mío me dice: ¿Perdona bonita, me dejas un euro para comprar el pan?

... (silencio incómodo)...

La panadería ya ha cerrado, señora... - contesto mientras pienso que tampoco le hubiera dado el euro si hubieran sido las 12.

Mi nueva enemiga tiene un buen problema, y no lleva harina. El problema, digo.

Y yo también. 

Tomo demasiado café.

2 comentarios:

  1. Creo que ese es uno de los vicios en los que si podría caer. Pero... ¡No!. Al menos en tragaperras. Aunque como la vuelta del café sea una moneda que acepte el máquina... ¡Cae!

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  2. Conozco de cerca este problema. Es incómodo. Me gusta mucho como lo cuentas.

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